Cuando El Mundo Se Enfría Y El Amor Decide Permanecer

Hay inviernos que no llegan con el cambio de las estaciones, sino con el cambio de los corazones. Son tiempos en los que la comienza a parecer extraña, la se vuelve escasa y las personas aprenden a protegerse dejando de sentir. Poco a poco, la se convierte en un refugio y el amor empieza a perder su calor.

Por eso las palabras de Jesús siguen resonando con una sorprendente actualidad: “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12).

La advertencia no se centra únicamente en la existencia de la maldad. El verdadero peligro es lo que la maldad puede hacer dentro de nosotros. Puede convencernos de que perdonar ya no vale la pena, de que la es una debilidad y de que es más seguro vivir con el corazón cerrado.

El ser humano puede acostumbrarse a casi todo. Puede acostumbrarse al sufrimiento ajeno, a la injusticia cotidiana y a la frialdad de las relaciones. Y cuando eso ocurre, el amor no desaparece de golpe; se enfría lentamente, como un fuego que deja de recibir alimento.

Sin embargo, siempre existe otra posibilidad.

En medio de un mundo endurecido, todavía es posible conservar un corazón sensible. Todavía es posible responder con bondad donde otros responden con egoísmo. Todavía es posible mantener la compasión cuando la indiferencia parece haberse convertido en el idioma de nuestro tiempo.

La verdadera fortaleza no consiste en aprender a amar menos para sufrir menos. La verdadera fortaleza consiste en seguir amando sin permitir que la oscuridad de otros determine la condición de nuestra propia alma.

El amor es una forma de resistencia. Cada acto de misericordia es una declaración silenciosa de que la maldad no tiene la última palabra. Cada gesto de paciencia es una evidencia de que la todavía respira. Cada decisión de perdonar impide que el corazón se convierta en aquello mismo que tanto lamenta del mundo.

Por eso la pregunta más importante no es cuánta maldad existe a nuestro alrededor. La pregunta es qué está ocurriendo dentro de nosotros mientras la observamos.

Porque un corazón puede conservar las apariencias y, sin embargo, haber perdido la ternura. Puede mantener las rutinas y, al mismo tiempo, haberse vuelto incapaz de conmoverse. Puede hablar de amor y haber dejado de practicarlo.

Quizá vivimos en días de creciente frialdad, pero precisamente en esos tiempos el amor adquiere un valor aún más profundo. Cuando muchos se endurecen, cada acto de bondad se convierte en una luz. Cuando muchos dejan de creer en la compasión, cada gesto de misericordia se transforma en un testimonio.

Tal vez no podamos detener toda la maldad del mundo, pero sí podemos decidir que no tendrá permiso para apagar el fuego que Dios encendió en nuestro interior.

Que nuestro corazón nunca aprenda a amar menos porque el mundo se ha vuelto más frío.

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